PROGRESISMO Y REVOLUCIÓN

José Leiva

che-fidel-chavez-allendeEn épocas de crisis, la lucha es por defender lo conquistado y por impulsar cambios estructurales en el sistema de dominación. En épocas de crisis del capitalismo, como la actual, las luchas de las masas populares pasan a ser revolucionarias por cambios políticos: por el socialismo y la democracia popular participativa.

 

PROGRESISMO Y REVOLUCIÓN

José Leiva 

El progresismo es un término muy vago e impreciso, pero que se podría definir, a grandes rasgos, como una tendencia política que recurre a todos los recursos del Estado  para lograr el progreso en todos los ámbitos de la vida social del país.

No tiene una ideología definida pero asume totalmente la filosofía del pragmatismo y como tal hace suyas todas las luchas que van asomando en la sociedad producto del desarrollo del capitalismo.

Se sitúa en el lado izquierdo del capitalismo. El progresismo no se propone reemplazar al capitalismo, convive con él y se manifiesta en todo su “esplendor”, solo en ciertas fases de su desarrollo. En ello se asemeja a la socialdemocracia.

Es indudable que el progresismo ha contribuido enormemente a beneficiar las condiciones de vida de los pueblos de América Latina. Son incontables las transformaciones realizadas en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Argentina, Brasil, Uruguay e, incluso en Chile, aunque más tibias, referente a la salud, alfabetización, mejoras salariales (hasta hace poco tiempo Venezuela era el país que tenía el salario mínimo más alto del mundo), educación, empleo, vivienda, leyes contra discriminaciones de todo tipo, preservación del medio ambiente y muchas más.

Hoy el progresismo va en declive en la mayoría de los países mencionados. Está atravesando una crisis que en algunos casos reviste características bastante graves. Ante esta situación surgen algunas interrogantes. ¿Topó techo el progresismo? ¿Se sostendrán los gobiernos progresistas de América Latina? ¿Es aún viable como alternativa al modelo neoliberal? Para desentrañar estas dudas haremos el intento de dilucidar a qué nos enfrentamos.

Por muy progresista que sea el programa de gobierno sigue siendo capitalista y no es inmune a sus leyes. Entre éstas están los procesos cíclicos con sus fases.  La producción capitalista se mueve a través de determinados ciclos periódicos. Pasa por fases de calma, de animación creciente, de prosperidad, de superproducción, de crisis y de estancamiento. 

El progresismo, así como todo movimiento político y social, es impulsado solo en ciertas fases de estos ciclos. Al igual que en los períodos de ascenso en la producción,  los trabajadores, en general, y la clase obrera, en particular, debe movilizarse y luchar por extraer el máximo posible de mejoras salariales a los dueños del capital, a pesar de que siempre serán migajas comparadas con las ganancias que ellos obtienen.

En los períodos de decaimiento, de crisis y de estancamiento es imposible exigir o extraer mejores salarios o beneficios. Objetivamente no hay ninguna posibilidad, por lo que las luchas en este contexto, solo  son para mantener lo ganado o para no quedar cesantes. 

De estos dos simples hechos se desprende que los proyectos progresistas son viables, en general, cuando el ciclo de la producción capitalista está en ascenso. La historia también así lo demuestra en los diferentes países donde se han instaurado gobiernos progresistas.

¿Qué pasa cuando la economía capitalista decae?

De todas las crisis a lo largo de casi tres siglos de dominación capitalista, la que hoy vive el mundo  es la más grave y profunda de todas. No se vislumbra en el horizonte que vaya a tocar fondo aún.

Los gobiernos progresistas que a través del Estado han profundizado el capitalismo, o sea, que han  desarrollado más la producción de mercancías, mediante programas de industrialización, y con ello de plusvalía, por sobre los bienes de servicios, tienen más posibilidades de prolongar su vida pero no de perpetuarla.

Los gobiernos que han privilegiado más los beneficios sociales por sobre el desarrollo de la producción de mercancías manufactureras han logrado un apoyo entusiasta pero efímero de la población. Estos países son principalmente exportadores de materias primas y  en épocas de “bonanza” los ingresos son tan grandes, que  sus gobernantes suelen dormirse en los laureles.

 Peor aún, crean las condiciones para revivir al capitalismo moribundo. Por un lado disminuye la extrema pobreza y un gran sector de los pobres pasan a engrosar las filas de la “llamada clase media” ocupando lugares en las pequeñas y medianas empresas, en servicios, en la burocracia estatal y en el pequeño comercio. Por otro lado, no le generan mayor amenaza a la ya dominante clase capitalista, y mantienen a un proletariado con ciertos privilegios económicos respecto a la “clase media”.

En América Latina, junto con el auge del modelo neoliberal y la globalización de la economía, vino aparejada una acelerada reestructuración de las clases sociales e implementación de nuevas políticas redistributivas por parte de los gobiernos progresistas. En Bolivia el 20% de la población considerada dentro de la extrema pobreza pasó a engrosar a la “clase media”. En Ecuador se duplicó y en Venezuela se triplicó la  “clase media”. En Argentina durante el kirchnerismo 9 millones pasaron a engrosar dicha categoría, en Brasil, en el período de Lula y Dilma Roussef, 39 millones de personas.

Gran parte de esta “clase media” está fuera del sector productivo e incluso muchos no necesitan trabajar. Obtienen ingresos a través de diversas  formas, entre ellas, la mendicidad camuflada en donaciones solidarias, mediante pseudos trabajos o “falsas” expresiones artísticas; por medio de todo tipo de actividades ilegales desde estafas hasta narcotráfico,  terminando en la especulación financiera, que por las nuevas tecnologías, está al alcance de todo el mundo.  

Todo este proceso que aparentemente corresponde a políticas conscientes para beneficiar a los pueblos, en realidad son parte del desarrollo natural del capitalismo. Pertenece a la conocida ley general de acumulación capitalista donde la gran masa de la mencionada “nueva clase media” es, en verdad, el “ejército industrial de reserva” cuya tendencia es ir aumentando mientras los ricos van disminuyendo en cantidad y aumentando en ganancia.

Hoy el 0,7% de la población controla el 45,2% de la riqueza. El 71% de los adultos dispone del 3% de la riqueza global. Cifras últimas publicadas por la ONG Oxfam, señalan que ya el 1% más rico del mundo posee el equivalente al resto del 99% de la población, así también que las 62 personas más ricas poseen tanta riqueza como la mitad de la población mundial.  

En la actualidad para subsistir el sistema capitalista no requiere más del 20 al 40% de la fuerza laboral mundial.

Lo que produce un país tercermundista está determinado por las políticas del FMI, OMC, BDI, y todas las instituciones bajo la tutela de los países imperialistas y grandes transnacionales. Son pocas las economías que buscan independencia y las que lo hacen son perseguidas, boicoteadas y desestabilizadas por el imperialismo.

Los países que más han avanzado en políticas económicas y de desarrollo industrial independiente han sido también las más estables: Bolivia, Argentina, Uruguay y Nicaragua. Los con mayor deterioro e inestabilidad son Brasil, Venezuela y en menor medida Ecuador. Los totalmente revertidos: Honduras y Paraguay. Salvador tiene una guerra interna con las pandillas que se han transformado en ejércitos luchando por el poder.

La necesidad del gran capital por derrocar a los gobiernos progresistas está directamente relacionada con poder liberarse de las políticas sociales y salariales para mantener sus tasas de ganancias. El progresismo en las fases de decaimiento de la producción capitalista es un obstáculo para los intereses de la gran burguesía. De forma inversa, cuando la economía está en gran actividad, la burguesía requiere de la “paz social” para que los trabajadores se dediquen a producir. Para ello, pueden y están dispuestos a otorgar recursos para mejoras salariales y sociales que siempre serán nimias comparadas con las ganancias obtenidas.

De esto se puede desprender que los proyectos progresistas no pueden permanecer en el tiempo al margen de los vaivenes económicos y políticos ni tampoco superarlos. El progresismo es un espacio posible sólo dentro de cierta fase del capitalismo.

Es sabido y así está demostrado por la historia que el capitalismo para resolver estas crisis recurre a “la destrucción de fuerzas productivas o a la conquista de nuevos mercados”. Ambos escenarios,  implican  guerras. En un mundo de economía global solo cabe una guerra global, como último recurso para salvar el sistema de producción mercantil capitalista aunque se tenga que regresar a la barbarie.

Hoy se van preparando las condiciones para esa guerra global. Se está  armando y adecuando la producción y la  tecnología para ese momento, para la disputa de los mercados o destrucción de las fuerzas productivas del contrario.

Algunas conclusiones y reflexiones respecto al quehacer político.

En épocas en que la actividad económica está floreciente es preciso que la lucha se centre en extraer el máximo de beneficios sociales para el pueblo. La lucha reivindicativa por la preservación del medioambiente,  salud, trabajos dignos, educación, jubilaciones dignas, leyes contra todo tipo de discriminaciones, etc. Junto a las demandas por mejoras sociales y económicas es importante perspectivar el desarrollo económico y  fortalecer el sector industrial y manufacturero, que no solo mejora las arcas fiscales, sino permite derivar la producción, en épocas de crisis, al mercado interno y regional, paliando la  posible  falta de trabajo y de bienes materiales.

Generar condiciones para transitar a una sociedad socialista son mucho mejores en épocas de “vacas gordas”, en momentos en que la burguesía y los trabajadores están dedicados a la producción. El socialismo viene a ser fundamental como alternativa y continuación del progresismo por una sociedad mejor.

El éxito del progresismo solo se puede medir en la medida que pueda crear las condiciones para la superación del capitalismo. Partiendo por la conquista del poder político, siguiendo por transformaciones profundas en el modo y relaciones de producción para terminar en reestructurar el orden jurídico (nueva constitución). A estas condiciones es imprescindible sumarle la voluntad de la mayoría para transitar a una sociedad mejor.

La historia ha demostrado que la burguesía para deshacer todas las conquistas populares no tiene miramientos de aplicar las dictaduras más sangrientas si es necesario.

En épocas de crisis, la lucha es por defender lo conquistado y por impulsar cambios estructurales en el sistema de dominación. En épocas de crisis del capitalismo, como la actual, las luchas de las masas populares pasan a ser revolucionarias por cambios políticos: por el socialismo y la democracia popular participativa.

 

 

 

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