La Lógica desconocida de «El Capital» de Alain Bihr

Louis Gill

“El Capital” comienza por el análisis de las categorías simples, generales y abstractas de mercancía, valor, dinero, trabajo en general, capital en general, beneficio en general o plusvalía…, para conseguir reconstruir la realidad compleja de la economía, la de los precios, de las ganancias, de los capitales particulares y de su competencia, la de la industria, del comercio y de las finanzas, del papel del Estado, del mercado mundial y de las crisis. A las diversas categorías económicas analizadas les corresponden relaciones sociales que están en el centro del análisis marxista. Este se presenta como el análisis de una sucesión de relaciones sociales de una complejidad creciente, un análisis de la génesis de estas relaciones y de las categorías correspondientes en las que cada relación se sobrepasa para engendrar la siguiente.

La Lógica desconocida de «El Capital» de Alain Bihr

Louis Gill (Tomado de La Haine)

En este pequeño libro de 125 páginas, Alain Bihr presenta un resumen, claro y completo de los pasos seguidos por Marx en “El Capital” con la intención de sacar a la luz la continuidad del análisis que une los tres libros. En su conjunto, este esfuerzo de presentación está logrado, pero requiere, no obstante, algunas críticas.

La crítica de la economía política

Alain Bihr recuerda en primer lugar que Marx concebía “El Capital” como la crítica de la economía política. Sin embargo lo que dice a este respecto es preocupante. La crítica de la economía política, según él, sería “la crítica de las insuficiencias de la ciencia económica” (p. 11). Aprovechando las obras de los economistas, Marx pondría en evidencia “sus lagunas, sus insuficiencias, sus errores históricos…”. Su propósito sería pues “ir más allá de sus límites y completar la ciencia económica como conocimiento positivo del proceso global de la producción capitalista”. Lo menos que se puede decir es que es muy difícil reconciliar esta visión de las cosas con la concepción de Marx de la economía política y con el sentido de la crítica que de la misma hace.

Para Marx, como tan bien lo explica particularmente en el epílogo de la segunda edición alemana de “El Capital”1, la economía política, elaborada como ciencia burguesa fundada sobre la comunidad de intereses del trabajo asalariado y del capital, no podía seguir siendo una ciencia más que provisionalmente. La intensificación de la lucha de clases al filo de los años 1830, “acaba con la economía burguesa científica”. La economía política deja de ser una ciencia para transformarse en ideología, en apologética. “Apenas pareció que aquí llegaría a ser posible una ciencia burguesa de la economía política, la misma se había vuelto, una vez más, imposible. […].El peculiar desarrollo histórico de la sociedad alemana, pues, cerraba las puertas del país a todo desarrollo original de la economía “burguesa”, pero no a su crítica. En la medida en que tal crítica representa, en general, a una clase, no puede representar sino a la clase cuya misión histórica consiste en trastocar el modo de producción capitalista […]. (La cursiva es nuestra).

Para ilustrar mejor el hecho de que el “perfeccionamiento de la ciencia económica como conocimiento positivo del proceso de la producción capitalista” era completamente extraño a Marx, merece la pena citar las palabras sacadas del mismo epílogo:

«El método aplicado en “El Capital” ha sido poco comprendido, como lo demuestran ya las apreciaciones, contradictorias entre sí, acerca del mismo.

Así, la “Revue Positive” de París me echa en cara, por una parte, que enfoque metafísicamente la economía, y por la otra ¡adivínese! que me limite estrictamente al análisis crítico de lo real, en vez de formular recetas de cocina (¿comtistas?) para el bodegón del porvenir.».

Marx prosigue citando un amplio extracto de un artículo de un escritor ruso, J.J. Kaufman, comentando su método, que reproduzco aquí parcialmente:

“Para Marx, sólo una cosa es importante: encontrar la ley de los fenómenos en cuya investigación se ocupa. Y no sólo le resulta importante la ley que los rige cuando han adquirido una forma acabada y se hallan en la interrelación que se observa en un período determinado. Para él es importante, además, y sobre todo, la ley que gobierna su transformación, su desarrollo, vale decir, la transición de una a otra forma, de un orden de interrelación a otro [ … ]Conforme a ello, Marx sólo se empeña en una cosa: en demostrar, mediante una rigurosa investigación científica, la necesidad de determinados órdenes de las relaciones sociales [ … ] A tal efecto, basta plenamente que demuestre, al tiempo que la necesidad del orden actual, la necesidad de otro orden en que aquél tiene que transformarse inevitablemente, siendo por entero indiferente que los hombres lo crean o no, que sean o no conscientes de ello. (El subrayado es nuestro)

Este método tiene poco que ver con la « denuncia de las lagunas y de las insuficiencias » de la « ciencia » económica, ni con la “denuncia del mundo al revés” de que habla Bihr (p. 12-13); estas denuncias evocan más bien la crítica idealista de los socialistas utópicos. No se limita tampoco a la “demostración de la posibilidad del comunismo”, que Bihr define como el “sentido final de la crítica marxiana de la economía política”. Expresa su necesidad objetiva.

«El hilo rojo»

Bajo este título, Bihr presenta la tesis que plantea en este libro. “’El Capital’, escribe, comienza analizando una relación social, el valor, de una generalización y abstracción muy grandes y prosigue con la exposición de las diferentes formas que reviste esta relación que va de las más simples a la más complejas […]“. Este encadenamiento, prosigue Bihr, “responde a una verdadera lógica, la de la autonomización del valor en relación con sus condiciones de existencia […] y, por consiguiente, en relación a sus actores sociales”. Ahora bien, “esta autonomización se produce en definitiva mediante la apropiación por esta relación social que es el valor, de estas mismas condiciones de existencia […] de manera que la abstracción creciente del valor, su creciente autonomía en cuanto relación social, no es más que el proceso por el que la relación se apropia de la realidad social en toda su extensión y toda su comprensión” (p. 14-15)

Aunque Bihr no se refiera a ella explícitamente, es difícil no ver en sus palabras una proximidad con la interpretación de Marx de la que se reclama la corriente de la wertkritik, entre cuyos fundadores están Moishe Postone y Anselm Jappe2. De todos modos, la idea de una apropiación de las condiciones de existencia por parte de una relación social en razón de su autonomía creciente en tanto que relación social está lejos de saltar a la vista, y lo mismo ocurre con la idea de una abstracción creciente del valor que debe realizarse en el marco de un proceso de reducción progresiva de la abstracción que lleva de lo abstracto a lo concreto. Para evaluar, más allá de las apariencias desconcertantes, la “lógica desconocida” de “El Capital” que propone Bihr, sería útil recordar su “lógica conocida”.

Como explica Marx en la Introducción a la crítica de la economía política, el procedimiento científico tiene por objeto reconstruir en el pensamiento, por el pensamiento, lo real explicado. En este proceso, el punto de partida de la intuición es lo concreto, lo real, lo particular; pero lo concreto aparece en el pensamiento como resultado y no como punto de partida, incluso si es el punto de partida de la intuición. Por eso hay que proceder a partir de las categorías más simples y las más generales para reconstruir lo real, un real desde ahora ya comprendido, esclarecido. El método científico procede de lo simple a lo complejo, de lo abstracto a lo concreto, de lo general a lo particular.

Dos grandes obras, La génesis de «El Capital» en Marx de Roman Rosdolsky, y Ensayos sobre la teoría del valor de Marx de Isaak Roubine, publicados en francés en los años 19703, aportaron una contribución determinante a la comprensión del método de “El Capital”, en ruptura con la presentación unilateral y antidialéctica impuesta hasta entonces por el estalinismo. Desde la publicación de estas obras, se puede decir que la “lógica conocida” de “El Capital” se resume de la siguiente manera.

“El Capital” comienza por el análisis de las categorías simples, generales y abstractas de mercancía, valor, dinero, trabajo en general, capital en general, beneficio en general o plusvalía…, para conseguir reconstruir la realidad compleja de la economía, la de los precios, de las ganancias, de los capitales particulares y de su competencia, la de la industria, del comercio y de las finanzas, del papel del Estado, del mercado mundial y de las crisis. A las diversas categorías económicas analizadas les corresponden relaciones sociales que están en el centro del análisis marxista. Este se presenta como el análisis de una sucesión de relaciones sociales de una complejidad creciente, un análisis de la génesis de estas relaciones y de las categorías correspondientes en las que cada relación se sobrepasa para engendrar la siguiente.

Marx estudia en primer lugar la relación más simple, la relación de cambio que se establece entre dos productores de mercancías. Esta relación caracteriza la producción mercantil en general. Históricamente precedió a la producción capitalista, pero alcanza su pleno desarrollo en la sociedad capitalista llegada a su madurez. Una mercancía en principio es un objeto de utilidad, un valor de uso. Se presenta como valor de cambio, es decir como un bien que puede ser cambiado por otro bien, equivalente en el plano del valor. La sustancia del valor es el trabajo abstracto, o trabajo igual e indistinto, socialmente igualado por el cambio.

Es mediante el cambio de los productos en cuanto valores como se realiza el reparto del trabajo entre las diversas actividades. El valor expresa una relación social. Se trata de una relación entre personas, aunque se presente bajo la forma de una relación entre cosas, entre mercancías cambiadas cuyos valores se comparan. La puesta en evidencia de este hecho es un aspecto central de la aportación de Marx. Es la mercancía, y más particularmente su contenido social, el valor, el regulador inconsciente de la actividad. El mundo real está regido por relaciones que se establecen en el mundo de las mercancías. Marx habla del fetichismo de la mercancía, de la reificación de la relación de cambio.

Las contradicciones de la relación de cambio simple hallan su solución en el hecho de que la propiedad de representar el valor de todas las mercancías se transfiere a una mercancía en particular, el dinero o la moneda. Incluso siendo producto de un trabajo privado que adquiere el carácter de trabajo social y la forma de igualdad con todos los otros trabajos, el dinero aparece como la encarnación inmediata de todo trabajo humano. De ahí el fetichismo del dinero, que es una simple forma de fetichismo de la mercancía. El medio por el cual los productos del trabajo humano se comparan se convierte en el atributo de un objeto material exterior al ser humano, el dinero, reificación de la relación de cambio.

La etapa siguiente consiste en establecer la génesis del capital. De los límites de la circulación simple M-D-M, surge la necesidad de la circulación del dinero como capital, D-M-D’. En la circulación simple, la finalidad de la operación es el consumo improductivo del valor de uso, fuera de la circulación; el dinero es simplemente gastado. En la circulación del capital, son las mercancías las que sirven de intermediario al movimiento del dinero en tanto que capital y cuyo consumo productivo permite su conservación y su acrecentamiento; el dinero solamente es adelantado y debe volver en cantidad superior.

Como forma universal de la riqueza, el dinero no puede tener más que un movimiento cuantitativo que tiende a multiplicarse sin límites. “El capital” es la expresión de este movimiento ininterrumpido de valorización, de prosecución del enriquecimiento como fin en sí. Se presenta así como un proceso.

El desarrollo del dinero en medio de acumulación conduce al establecimiento de una nueva relación, la que se establece por intermediario del dinero convertido en capital, entre el capitalista y el trabajador, la relación fundamental de la sociedad capitalista. Al igual que de la mercancía y del dinero, Marx habla del fetichismo del capital identificado con una masa de cosas, los medios de producción, y de la reificación de la relación social que representa. Marx asocia otra propiedad de la sociedad mercantil con la reificación de las relaciones sociales, la personificación de las cosas. El capitalista es una simple personificación del capital, el capital en carne y hueso, un individuo cuya sola razón de ser es la de hacer fructificar el capital.

La relación entre el capitalista y el trabajador asalariado es una relación económica particular que se divide en dos partes, dos actos formal y cualitativamente diferentes: la compra de la fuerza de trabajo a su valor por el capital, acto que se desarrolla en la circulación simple, y el uso de la fuerza de trabajo por parte del capitalista dentro de la actividad productiva, fuera de la circulación. El resultado de este proceso es la creación de un nuevo valor designado como la plusvalía o ganancia en general, forma social específica del excedente material y de su apropiación en la sociedad capitalista.

El capital del que aquí se trata es el capital en general, independientemente de las formas concretas que toma en la realidad. Estas formas concretas son estudiadas por Marx en el libro III de “El Capital”, una vez comprendidas la relaciones entre el capital en general y el trabajo en general, fundamentales para la comprensión de la relación social entre la clase capitalista y la clase del trabajo asalariado, que son objeto de los libros I y II.

Esto es en lo esencial en lo que consiste la lógica conocida de “El Capital”. En esta lógica, el valor se autonomiza frente a las mercancías en el dinero. Se autonomiza también frente a las mercancías y al dinero en el capital que “aquí se presenta súbitamente como una sustancia en proceso, dotada de movimiento propio, para la cual la mercancía y el dinero no son más que meras formas”4. Ni que decir tiene que la autonomía de que se trata se queda en una autonomía relativa, incluso aparente como declara Bihr (p. 77). Incluso si el capital “se presenta como una sustancia en proceso, dotada de movimiento propio”, su fructificación depende de la fuente de valor que es la fuerza de trabajo. Y esto, incluso en su forma “la más fetichizada” del capital ficticio en la que el dinero parece que produce dinero “sin proceso que sirva de mediación entre los dos términos”, pero cuya “valorización no puede fundamentarse más que sobre la redistribución de un valor ya creado”, como escribe Bihr (p. 103)

Por muy pertinente que sea este empeño de poner en evidencia las diversas formas de autonomización del valor en la exposición sintética que presenta Bihr, nos sorprende la pretensión de deducir de ello una “lógica desconocida” de “El Capital”, pues estas formas de autonomización están efectivamente en el centro de la lógica conocida.

El lugar de la mercancía en la lógica de “El Capital”

“La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un ‘enorme cúmulo de mercancías’ “. Después de citar esta primera frase de “El Capital”, escribe Bihr: “En cierto sentido, se puede decir que todo el esfuerzo emprendido por Marx en “El Capital” tiene como objetivo dar cuenta de esta constatación”. Esta afirmación es incorrecta. El objetivo de “El Capital” no es dar cuenta de esta constatación. “Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía”, precisa Marx; y todo su empeño en “El Capital” es, a partir de este punto, el análisis del capital en tanto que fundamento de la sociedad capitalista, forma generalizada de la sociedad mercantil.

El trabajo abstracto

Una vez establecida la doble determinación del trabajo en economía mercantil (trabajo concreto – trabajo abstracto) que remite a la doble determinación de la mercancía (valor de uso – valor), escribe Bihr que “para Marx, el trabajo abstracto no es solamente una abstracción teórica: es al mismo tiempo una realidad social” (p. 19). Marx muestra, prosigue Bihr, “que dentro del proceso de producción capitalista (¿dentro de la producción mercantil en general?), el trabajo productivo (¿el trabajo concreto?) tiende a tomar la forma concreta de trabajo abstracto […] y ello al menos bajo dos formas diferentes. Por una parte bajo la forma de trabajo social medio o del trabajo normal… Por otra, bajo la forma de trabajo simple, entendido como el gasto de una fuerza humana de trabajo sin calidad especial […] (las cursivas son nuestras)

Como indican mis paréntesis dentro esta cita, hay que indicar, en primer lugar, que es dentro de la producción mercantil en general, en el marco del análisis de la mercancía, y no dentro de la producción capitalista, donde Marx trata la cuestión del trabajo abstracto. Es pues obvio, consecuentemente, que aún no es cuestión del trabajo productivo, una categoría que no aparecerá, en la lógica de “El Capital”, más que una vez desarrollada la categoría de capital en general. La expresión “trabajo productivo” está pues empleada por inadvertencia por Bihr, en lugar de la expresión “trabajo concreto”.

La abstracción consiste en eliminar las particularidades concretas de una cosa para no retener más que su generalidad: el trabajo en general o trabajo abstracto es una abstracción de los trabajos concretos particulares. Bihr así lo subraya. Pero la abstracción no es específica del método marxista. Lo que es específico de este método es la toma en consideración del carácter histórico y social particular de toda producción. Así, el trabajo abstracto en producción mercantil es el trabajo concreto despojado de sus particularidades según las modalidades propias de la economía mercantil, para la igualación de los productos en el intercambio. Este trabajo “igual e indistinto” socialmente igualado por el intercambio es la sustancia del valor. La igualación de los múltiples trabajos diferentes en porciones de una fuerza social única es el resultado positivo del proceso de abstracción realizado por el intercambio, según escribe Marx:

El trabajo objetivado en el valor de las mercancías no sólo se representa negativamente, como trabajo en el que se hace abstracción de todas las formas concretas y propiedades útiles de los trabajos reales: su propia naturaleza positiva se pone expresamente de relieve. Él es la reducción de todos los trabajos reales al carácter, que les es común, de trabajo humano; al de gasto de fuerza humana de trabajo.5

La igualación social de los trabajos no es específica de la economía mercantil. Toda sociedad, en el reparto que hace de su trabajo total disponible entre las diversas actividades, reduce así los diversos trabajos particulares a trabajo general, a simples fracciones de un gasto de fuerza de trabajo que se desarrolla de acuerdo con todos los otros en el marco de la actividad económica en general. Lo hace según modalidades sociales distintas de una sociedad a otra: directamente en una sociedad planificada, indirectamente por medio del mercado en las sociedades mercantiles. Decir que la sustancia del valor es el trabajo igual e indistinto o trabajo abstracto es pues insuficiente. Hay que precisar que este trabajo es no solamente trabajo igual e indistinto, sino que es socialmente igualado por el intercambio, en un marco en el que los productores privados e independientes comparan e igualan los productos de su trabajo, los intercambian en proporción a sus valores.

Hay pues que diferenciar el trabajo abstracto en general del trabajo abstracto que forma la sustancia del valor en la economía mercantil. El trabajo abstracto en general, es decir, el simple gasto de energía humana o eso que es común a toda actividad del trabajo, es una categoría universal, común a todas las sociedades y a todas las épocas. El trabajo abstracto que forma la sustancia del valor no es simplemente el trabajo concreto despojado de sus características particulares; es el trabajo concreto despojado según las modalidades que son propias de la economía mercantil, donde el lazo social entre los productores es el intercambio [Roubine, 1982, cap. 14].

Por eso Marx habla de la sustancia social del valor y no de la sustancia material. El valor es una categoría histórica y social, propia de la economía mercantil, “una realidad puramente social” en la que no entra “ni un átomo de materia”6. No es el trabajo en sí mismo el que da valor a un producto, sino el trabajo organizado bajo una forma social determinada, la de la economía mercantil.

La moneda

Bihr presenta el desarrollo de las formas del valor, desde la forma elemental del trueque hasta la del equivalente general, para llegar a las diversas funciones que la moneda puede cumplir “en cuanto forma autonomizada de valor, como fetiche”. Habla del “desdoblamiento íntimo de toda mercancía en valor de uso y valor” que toma desde ese momento la forma “del desdoblamiento entre la mercancía y la moneda” (p. 20-25). Pero no habla de lo esencial.

La génesis de la moneda como equivalente general de los valores pone sobre todo en evidencia una relación fundamental de polaridad entre mercancía y moneda que no tiene nada de simple “desdoblamiento”. En economía mercantil, los trabajos privados no son necesariamente trabajo social. Para llegar a serlo, las mercancías, que son su fruto, tienen que pasar con éxito la prueba del mercado, que sean vendidas, que se transformen en moneda. Las transformaciones de las mercancías en moneda son el medio por el cual los trabajos privados de los que son producto, se encuentran validados en tanto que trabajo social. La moneda es la mediación necesaria por la cual se opera la socialización del trabajo en la sociedad mercantil. Esa es la sustancia de la moneda, esa es su esencia. El fundamento del análisis marxista de la moneda es esta dimensión cualitativa, la necesaria trasformación de la mercancía en moneda, que incluye la posibilidad de su no-transformación.

Capital y plusvalía

“Al lado del movimiento M – D – M que constituye su forma normal, la circulación de las mercancías puede aún ser presentada bajo otra forma, inversa a la precedente, D – M – D, una compra seguida de una venta”, escribe Bihr (p. 25). Esta formulación no es muy acertada porque presenta los dos movimientos como si pudieran existir el uno “al lado” del otro, ocultando el hecho de que el segundo nace necesariamente de los límites del primero en un proceso de sucesión de relaciones sociales de una complejidad creciente, de génesis de estas relaciones, sobrepasándose una a otra para engendrar la siguiente. Este límite del movimiento M – D – M, Bihr solamente lo evoca en la página siguiente.

Bihr por otra parte habla del cambio entre capital y trabajo en la formación de la plusvalía como de un “intercambio desigual”. “Más valor (de trabajo abstracto) es cambiado por menos valor” (p. 33). Esta formulación es incorrecta. Marx, al contrario, explica que la plusvalía surge de un proceso en el que la ley del cambio es integralmente respetada, pero en la que, no obstante, se crea un nuevo valor, como lo expresa este pasaje tan conocido de “El Capital”:

Nuestro poseedor de dinero, que existe tan sólo como oruga de capitalista, tiene que comprar las mercancías a su valor, venderlas a su valor y, sin embargo, obtener al término del proceso más valor que el que arrojó en el mismo. Su metamorfosis en mariposa debe efectuarse en la esfera de la circulación y no debe efectuarse en ella.7

Es verdad que el capital sale aumentado de su asociación con el trabajo asalariado, mientras que la fuerza del trabajo asalariado sencillamente se reproduce, de modo que la relación entre trabajo asalariado y capital es una relación desigual. No obstante, es resultado de un “intercambio igual”.

El nivel de abstracción del Libro II

En el libro I de “El Capital”, escribe Bihr, « Marx había supuesto que el capital social (la totalidad formada por los múltiples capitales singulares en función en la sociedad) se reduce a un solo y mismo capital. Ahora bien, se trata ahora de tener en cuenta el hecho de que el capital social se compone en realidad de una multiplicidad indefinida de capitales singulares, cada uno implicado en su propio proceso cíclico de reproducción […]” (p. 69).. Es no entender bien el procedimiento del paso del capital en general, objeto de los libros I y II, a los capitales particulares, objeto del libro III

El capital del que tratan los libros I y II no es ni el capital social, que Bihr cree que es el objeto del libro I, ni la multiplicidad indefinida de capitales singulares, que él cree objeto del libro II, sino el capital en general, independientemente de las formas concretas que toma en la realidad (la multiplicidad de los capitales en competencia los unos con los otros). Estas formas concretas son estudiadas por Marx en el libro III de “El Capital”, una vez comprendidas la relaciones entre el capital en general y el trabajo en general, fundamentos de la comprensión de la relación social entre la clase capitalista y la clase trabajadora, que son objeto de los libros I y II. Se trata de estudiar el capital en su proceso (en su devenir), como dice Marx, antes de estudiar el capital tal como ha llegado a constituirse, es decir, los múltiples capitales y sus relaciones recíprocas, o el capital en su realidad.

El libro I se termina con el análisis de la acumulación del capital, el libro II está dedicado a la circulación y rotación del capital. Marx estudia en primer lugar, en el capítulo sobre la acumulación del capital del libro I, el proceso de reproducción del capital desde el único punto de vista de la producción, suponiendo que están realizadas las condiciones de la acumulación en la circulación: existencia de las cantidades apropiadas de medios de producción que permitan la continuación ininterrumpida de la producción, y realización del equilibrio entre la oferta y la demanda en los mercados. Después estudia estas condiciones en el libro II a partir de los “esquemas de reproducción” que representan el sector productivo de la economía como constituido de dos secciones que aseguran la producción de los medios de producción (sección 1) y de los bienes de consumo (sección 2) en las que se dividen el capital y la fuerza de trabajo.

Dos fracciones distintas del capital se invierten en las dos secciones de la actividad productiva. La única relación que se establece entre estas dos fracciones del capital es una relación de intercambio, pues cada uno de los dos capitales está asociado a la producción de bienes de una cierta categoría que deben satisfacer una demanda que proviene en parte del sector que produce los bienes de la otra categoría. El único objetivo de los esquemas de reproducción es establecer las condiciones en las cuales el intercambio entre los sectores permita realizar el equilibrio entre la oferta y la demanda de las dos categorías de mercancías y de asegurar así la reproducción del conjunto del capital. La asignación de capitales entre las dos secciones es una diferenciación dentro del capital en general. De ninguna manera estos capitales podrían contemplarse en esta etapa como la multiplicidad de capitales implicados en sus relaciones recíprocas, que Marx solamente aborda en el libro III.

Pertenece a Román Rosdolsky haber puesto de manifiesto este hecho de extrema importancia, clave para la comprensión de los errores teóricos que estaban en el centro de los debates sobre la crisis y las capacidades de crecimiento del capitalismo dentro de la Segunda Internacional, a la vuelta de los siglos XIX y XX; debates basados en el libro II de “El Capital”. La debilidad de los teóricos de la Segunda Internacional, según Rodolsky, se explica en buena medida por el hecho de que esa obra fundamental que son los Manuscritos de 1857 -1958 (Grundrisse8), en la que Marx expone la categoría del capital en general como clave para la comprensión del capital en su realidad y establece así los niveles sucesivos en que él entiende que se sitúa el análisis, fuera desconocida para estos teóricos ya que no se publicó hasta 1939. De lo que se sigue, de manera más general, que los esquemas de reproducción no son el lugar del análisis de las crisis, en las que no pueden ser percibidas más que de manera incompleta y en cuanto crisis potenciales, “la crisis real no puede ser expuesta más que a partir del movimiento real de la producción capitalista, de la competencia y del crédito”, como escribe Marx9, es decir, a partir del movimiento del capital real expuesto en el libro III.

D-D’

Ni que decir tiene que en un libro centrado en « la autonomización del valor”, las cuestiones de capital financiero, capital de préstamo a intereses y capital ficticio merecen un lugar de privilegio, tanto más por cuanto que durante mucho tiempo fueron descuidadas, por no decir “desconocidas”, y que su importancia central en la comprensión de la dinámica general de la acumulación capitalista y de las crisis financieras ha sido confirmada de manera contundente por los recientes acontecimientos. A François Chesnais incumbe haber puesto de manifiesto, hace treinta años, esta dimensión fundamental del análisis de Marx hasta entonces olvidado10. Es de destacar la exposición muy clara y completa que de ello hace Bihr.

El capital de préstamo tal y como lo contempla Marx, explica Bihr, se alimenta de una doble fuente: el capital-dinero latente, atesorado bajo forma de fondos de reserva, capital de explotación, etc., a la espera de entrar en función en el proceso de reproducción, y las reservas monetarias de que disponen las clases altas y medias. Dos instituciones se encargan de captar sus flujos y de ponerlos a la disposición de los capitalistas activos, el sistema bancario y el mercado financiero. Prestado como D, el capital de préstamo debe volver como D’ = D + ?D para realizarse como capital.

« Efectivamente, escribe Bihr, para que el capital prestado reporte un interés, tiene que ser empleado como capital […] en el proceso de reproducción y formar parte de la ganancia. Pero es esa una mediación que desaparece totalmente de su movimiento propio de capital de préstamo, que se reduce al cambio D – D’, dinero por una suma mayor de dinero. […] En este movimiento, la naturaleza y el origen de la plusvalía (bajo forma de interés) están completamente ocultos, ya que toda relación con el proceso de producción ha desaparecido. Tanto es así que bajo la forma de capital de préstamo, el valor parece realmente dotado de un poder mágico de revalorizarse por sí mismo […] (p. 98-99).

Este fetichismo del valor bajo la forma del capital financiero, prosigue Bihr, es el que está en el origen del capital ficticio. Todo activo, todo título de cualquier tipo que sea, que asegure a su propietario un ingreso regular, pasa de este modo por un capital, un capital ficticio, cuyo valor es ficticio. “Esto es muy claro cuando este título no representa un capital real. Por ejemplo, en el caso de un crédito del Estado […] Efectivamente, el dinero prestado al Estado, por regla general, no es de ninguna manera utilizado por él como capital. Al contrario, es pura y simplemente gastado […] en financiar las diferentes funciones que desempeña […] Para el Estado es definitivamente perdido y no volverá nunca a él, al contrario de lo que hace todo capital […] Pero el valor-capital de un título no es menos ficticio en el caso en que este título representa un capital real, por ejemplo, en el caso de las acciones […] u obligaciones [que] son todo lo más “duplicata del capital real”[…] que no tienen por sí mismos ningún valor y que en absoluto constituyen un capital” (p. 100-1001)

Lo que da una apariencia de realidad al capital ficticio es el movimiento autónomo que adquiere el valor de estos títulos en el mercado financiero, donde se transforman en mercancías autónomas cuyo precio está fijado según leyes propias. “El movimiento de estos precios en el mercado financiero aparece tanto más autónomo por cuanto este mercado es eminentemente especulativo. Más que ningún otro mercado, está fundado en anticipaciones inciertas que dan lugar, por consiguiente, a movimientos erráticos” (p. 101-102). Con este capital ficticio, escribe Bihr, el fetichismo del capital se cumple y la autonomización del valor alcanza su apogeo (p. 102)

En resumen, este pequeño libro es un esfuerzo muy logrado de presentación sistemática de “El Capital”. Pero por muy pertinente que sea su demostración de las diversas formas de autonomización del valor, nos preguntamos, sin embargo, sobre su pretensión de deducir de ello una “lógica desconocida” de “El Capital”. Lástima que ultrajes a la “lógica conocida” vengan a causarle daño.

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