Gonzalo Rojas, América en su poesía, luminosa y corpórea

Anubis Galardy

Sus vínculos con la isla, donde fungió como embajador de su país a principios de los años 70 -aquí lo sorprendió el zarpazo artero de Augusto Pinocher contra el régimen constitucional de Salvador Allende- ocuparon lugar cimero en la lista de sus devociones, de sus adhesiones a una revolución que, desde su triunfo en 1959, sintió como propia.

Gonzalo Rojas, América en su poesía, luminosa y corpórea

Anubis Galardy (Tomado de Prensa Latina)

El poeta chileno Gonzalo Rojas, recién fallecido la víspera, dejó una huella cálida en Cuba, más allá de su trascendencia como una de las voces imprescindibles de la alta literatura latinoamericana.

Sus vínculos con la isla, donde fungió como embajador de su país a principios de los años 70 -aquí lo sorprendió el zarpazo artero de Augusto Pinocher contra el régimen constitucional de Salvador Allende- ocuparon lugar cimero en la lista de sus devociones, de sus adhesiones a una revolución que, desde su triunfo en 1959, sintió como propia.

De ello dio fe hace tres años en su discurso inaugural del Premio Literario Casa de las Américas. Entonces tenía 90 alimentados con una energía envidiable.

Estaba en Roma, rememoró en esa ocasión aludiendo al día en que recibió la noticia de la victoria del ejercito rebelde comandado por Fidel Castro, el 1 de enero de 1959. “Leía el periódico esa mañana, evocaba, y le dije a mi primogénito, Rodrigo, de 15 años: “a ver muchacho, de estas dos noticias cuál es la más importante”:

“?La terrestre, la de de Fidel entrando en La Habana; o la otra, la del rastro en luna? La de Fidel, me contestó Rodrigo, esa no va a pasar nunca”.

“Fidel puso a Cuba en la historia, agregaba, y lo saben las estrellas. Tengo 90 años y sigo siendo fidelista, declaró reiterando una profesión de fe inquebrantable.

Su discurso, de 60 minutos, equivalente a una cascada poética vertida sobre el auditorio, fue una lección de erudición con raíces en la savia de la región a la que pertenecía -pertenece-, en brazos de la cual hizo un repaso por la geografía del continente, sus heridas, su cultura y espíritu.

Viajó de México a Perú, de Venezuela “al Brasil anchuroso, sin olvidar sus islas, sus bellísimas islas. América, añadía, es la casa, una y múltiple, dentro de las aguas, a la vez. Desde hace 90 años vivo en esas aguas, las diamantinas, las secretas, las ásperas, las convulsas, todas esas aguas que somos” postulaba.

Como en una imagen cinematográfica, desfilaron, por su verbo poético, los patriarcas del pensamiento y las letras americanas y universales, con una especial mención a los cubanos José Lezama Lima y Alejo Carpentier, “dos sistemas distintos de imágenes, cada uno en su luz”.

También lo fueron Quevedo, Cervantes, Góngora, añadía para puntualizar: ?Qué haríamos sin Rulfo, sin sor Juana, sin Octavio Paz, sin Alfonso Reyes, sin Borges, primo de Macedonio Fernández, el grande?

En esa siempre recordable visita suya a la isla, Rojas afirmó estar viviendo un rejuvenecimiento, “una especie de reniñez” (como nombró su poemario publicado en 2004, La reniñez).

Tras reivindicar una poesía que es suma y cifra de oficio más oficio, armada sobre la base de la palabra ganada con imaginación, coraje y libertad, fustigaba a los empresarios del libro. Que se coman entre ellos, lapidó.

Con una modestia consustancial comentaba: siempre habrá otros para hablar del libro, del portento del libro, del futuro del libro, de esa especie de arcángel que vino del papiro.

Lo lamentable es que ya empieza a ser proscrito del planeta por obra de la hibridez, de la malversación del pensamiento, de la plata y la muerte. Caos, globalización.

“¿Que será del libro, alertaba, qué se va decir de pensante en las próximas décadas cuando el pantallazo informatico lo haya consumado todo?”.

Lean, sigan leyendo hasta el amanecer, hasta que se les seque, se les reseque el seso, fue su consejo final. Luego su abrazo metafórico: Adoro a Cuba. Es un alegrón estar aquí.

Los cubanos lo retribuyen cultivando la flor de su recuerdo, amando su poesía, frecuentándola con deleite, haciéndola suya como una parcela imprescindible de esa América Latina que, desde la literatura, Rojas hizo luminosa y corpórea.

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