El sistema no se suicida

EDITORIAL PUNTO FINAL

Los plebiscitos o consultas ciudadanas o populares, en circunstancias de dictadura new age, sólo sirven, si están bien hechos, para movilizar a los ciudadanos en un contexto mucho mayor. Serán herramientas democráticas legítimas sólo cuando la irrupción de mucha gente los imponga con una fuerza incontrarrestable. Mientras tanto, todas las reformas que se quiera. Pero dejar decisiones importantes en manos del pueblo mediante plebiscitos y Asamblea Constituyente, jamás. Todo menos el suicidio.

El sistema no se suicida

EDITORIAL PUNTO FINAL

Como si fuera pomada milagrosa, se invoca al plebiscito como panacea para resolver el tema de la educación, y todo lo que necesite ser resuelto, reformado o transformado. Pero un plebiscito, incluso en una versión vinculante, por sí solo no resuelve nada.

Y no sólo por la aversión innata que el sistema oligárquico tiene a la opinión del pueblo, sino porque una consulta que obligue a la autoridad en sentido progresista, requiere de una condición que Chile no cumple: ser un país de verdad democrático.

Ese instrumento de participación ciudadana que algunos exigen, no sólo no está debidamente considerado en la Constitución dictatorial de 1980. Lo peor es que no está contemplado ni en la cabeza ni en el corazón de los que administran el sistema. Y creer que éste va a consagrar una consulta mediante la cual el pueblo pueda determinar el curso de los acontecimientos según su conveniencia, es presuponer que el sistema está dirigido por oligofrénicos. Y no es así. Frescos, sinvergüenzas, odiosos, rastreros, ladrones, asesinos, egoístas, traidores, peligrosos… Lo que se quiera. Pero tontos, ni por asomo.

De haber entre los mandamases de este país alguna intención democrática -en el sentido como entienden la democracia los propulsores de la idea de un plebiscito-, hace años que habrían modificado el sistema binominal, sólo por citar lo más ilustrativo. O si se entendiera la democracia como algo más que las simples y amañadas elecciones, algunos audaces habrían intentado una verdadera reforma tributaria, o renacionalizado las riquezas básicas o definido un sistema educacional y de salud como Dios manda. Pero así como están las cosas, les gustan y les acomodan. ¿Por qué habrían de interesarse en legislar acerca de un mecanismo al que aborrecen, si las cosas marchan tan bien para ellos?

Al ánimo democrático que hay detrás de quienes impulsan el plebiscito como solución a todos los males del neoliberalismo, en algunas variantes se suma -en el pedir no hay engaño-, una Asamblea Constituyente que dé paso a una nueva Carta Fundamental. De lo que se trata es de democratizar el país, sostienen, y según esa opinión, estos pasos son imprescindibles.

Estas buenas personas no consideran un hecho relevante: el sistema no se suicidará. Sólo sucumbirá cuando la mayoría de la gente decida su término. No antes. Es cierto que de tarde en tarde acepta dar algo a la chusma exigente que vocifera en las calles. Pero sólo lo hace para descomprimir las presiones que pudieran llevarlo a complicaciones mayores. No por otra razón el mismísimo FMI recomienda una reforma tributaria, eco que recogen algunos empresarios avispados. El sistema tiene recursos para sostener la crisis que a veces se expresa con singular intensidad, como en estos meses. Uno de éstos, sin ir más lejos, es la sana convivencia que hay, a pesar de las declaraciones y pataletas, entre gobierno y algunos dudosos opositores, que permite que el gobierno siempre encuentre aliados cuando más los necesita.

El sistema controla la suma del poder, que es como decir todos los miedos. Ese todo armónico no da pie a desórdenes muy profundos y cuando éstos tienden a salirse de los márgenes que las leyes permiten, los estrategas tienen la misión de elegir el curso más adecuado de cuantos les ofrece el diseño. Véase la fruición con que el ministro Hinzpeter y sus sayones reaccionan con querellas, palos, gases, torturas y un sinnúmero de iniciativas represivas para controlar “los excesos”. Y obsérvense los intentos de llevar al hoyo negro del Congreso la discusión que han comenzado los estudiantes en la calle. En ese mercado político -la más desprestigiada de las instituciones- funcionarán los vasos comunicantes entre los acuerdos electorales y la necesidad de detener las movilizaciones, a cambio de cupos en el binominal u otros negocios no menos inescrupulosos.

Una cosa es que el sistema retroceda y otra, muy distinta, es que sucumba.  Y si después de todo lo hecho, la intransigencia es más grande y los “revoltosos” insisten en que la cosa debe ser más profunda aún, entonces toma la palabra el camarada Máuser. O el Barret.

Los plebiscitos o consultas ciudadanas o populares, en circunstancias de dictadura new age, sólo sirven, si están bien hechos, para movilizar a los ciudadanos en un contexto mucho mayor. Serán herramientas democráticas legítimas sólo cuando la irrupción de mucha gente los imponga con una fuerza incontrarrestable. Mientras tanto, todas las reformas que se quiera. Pero dejar decisiones importantes en manos del pueblo mediante plebiscitos y Asamblea Constituyente, jamás. Todo menos el suicidio.

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La revolución en el Chile del 2011 y el movimiento social por la educación2


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