El Efecto Bolsonaro

José Leiva

Sin temor a equivocarnos, podemos decir que la crisis del capitalismo no tiene salida ni por la izquierda ni por la derecha, ni con el progresismo ni con el fascismo. No son las deformaciones, defectos o errores del sistema capitalista los que se pueden corregir y los necesarios para resolver los problemas de los pueblos. Es el sistema capitalista en su esencia el que está caduco. Es el sistema mercantil moderno al que le ha llegado su fecha de vencimiento y para terminar con él se requiere de una revolución.

El Efecto Bolsonaro

José Leiva

Desde el punto de vista histórico y político el triunfo en Brasil del candidato ultraderechista, con características retóricas propias del fascismo, Jair Messias Bolsonaro no debería sorprendernos. Cada vez que el sistema capitalista entra en una de sus crisis periódicas, los capitalistas recurren al proteccionismo. Éstas medidas políticas les permiten proteger el funcionamiento del capital y mantener la tasa de ganancias. Para lograr su objetivo, recurren a cualquier tipo de argucia, vulnerando las trabas morales, políticas e incluso los costos en vidas humanas.

Así ha sido desde los albores del capitalismo. Hemos visto pasar por la historia un sinfín de personajes que han jugado el papel de salvadores y protectores del capital. Carlos Marx en “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” señalaba que estos individuos no son grandes héroes o superhombres.   Emergen ante situaciones críticas: “…la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe.”  Cada cierto tiempo, con  las crisis cíclicas del capitalismo,  surgen engendros como  Luis Bonaparte,  Bismarck,  Mussolini,  Franco,  Hitler,  Pinochet,  Trump y como  Bolsonaro en Brasil. Todos ellos con grandes sueños de grandeza, embaucan a pueblos con falsas esperanzas que sumidos en la ignorancia y la miseria, creen en la demagogia absurda de estas marionetas al servicio del gran capital y el imperialismo.

Pueden llegar al poder mediante los sistemas democráticos espurios actualmente existentes, o a través de golpes de Estado. En ambos casos, siempre son apoyados y financiados por la clase burguesa dominante. La mentira es su arma predilecta. Siguen la máxima utilizada por Goebbels, ministro de propaganda de Hitler: “Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea la mentira más gente la creerá.”. Conocimos de cerca, las mentiras de Pinochet sobre   el “Plan Z”; la presencia de guerrilleros cubanos en Chile, entre otras falsedades, que sin embargo, fueron fundamentales para justificar el golpe de estado en Chile. Trump hace lo mismo con sus rivales y para desarrollar sus políticas de guerra en Siria y en el mundo. Bolsonaro basó toda su campaña en los “Fake News” (noticias falsas). El 95 % de la información de la campaña electoral aparecida en Facebook y WhatsApp, era falsas. Se contó con grandes recursos para financiar empresas informáticas de Big Data e Inteligencia Artificial con el fin de manipular al electorado.

Brasil como la octava economía más grande del planeta, tendrá seria incidencia en la alicaída situación mundial. Ante la creciente escalada confrontacional entre China y Estados Unidos el nuevo gobierno se verá obligado a tomar posición.  En este escenario, cabe resaltar que China representa el principal mercado de exportaciones de Brasil, muy por encima de Estados Unidos.  Este elemento objetivo, será relevante para la burguesía brasileña, que en su histórico afán imperialista se inclinará hacia el bloque que le permita conseguir sus objetivos de largo plazo, más que los de corto plazo. Tuvieron la paciencia y el tesón para desmantelar al Partido de Los Trabajadores como fuerza electoral y política utilizando para ello todas las instituciones estatales que siempre están al servicio de la clase dominante. Instituciones en que el PT ingenuamente creyó. Los errores del PT no consistieron en la corrupción o en malas decisiones económicas. La causa de su derrota, fue su incapacidad de asumir posturas revolucionarias frente a la crisis del sistema. Ahora, con Bolsonaro en el gobierno impondrán políticas proteccionistas que claramente no contribuirán al desarrollo y la paz regional y mundial.

Por su parte, Estados Unidos requiere con urgencia salir de la crisis en que se encuentra sumido, para lo cual necesita el apoyo brasileño. La gran marcha de emigrantes hacia el país del norte es una grave amenaza para su estabilidad, y no es un fenómeno nuevo. Desde su independencia, el imperio ha recurrido de manera constante a expoliaciones, guerras, golpes de estado, asesinatos e intervenciones de toda índole en América Latina. Éste accionar, que tiene como objetivo mantener su hegemonía económica y de poder a nivel mundial, ha generado emigraciones continuas hacia su territorio. Es una forma de los pueblos para demandar al imperialismo yanqui retribución por la explotación y el saqueo de más de 200 años. Es un fenómeno que irá en aumento, que constituye un costo que Estados Unidos debe asumir, en un contexto interno complejo, en deterioro y decadencia. Incluso, podría significar la chispa para el inicio de una eventual situación de guerra civil.

El ciclo de países progresistas en América Latina llegó a su fin. Fue un período de auge de la economía latinoamericana, basada principalmente en la exportación de materias primas, el que permitió el auge del progresismo. Se inició con Hugo Chávez en Venezuela, los Kirchner en Argentina, Zelaya en Honduras, el FMLN en El Salvador, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Lula en Brasil, Lugo en Paraguay, Daniel Ortega en Nicaragua y Pepe Mujica en Uruguay (Michelle Bachelet queda fuera de este grupo por su alineamiento a los intereses de la gran burguesía). Fueron gobiernos progresistas que contribuyeron con grandes medidas transformadoras en beneficio de sus pueblos. El proceso duró hasta que comenzó la inevitable crisis, que cíclicamente atraviesa el sistema capitalista.

El progresismo es la opción más de izquierda dentro del capitalismo, pero como parte del sistema, también está sujeto a sus crisis periódicas. Políticamente es una variante de socialdemocracia que plantea la posibilidad que pueden coexistir en armonía las contradicciones antagónicas del sistema, la convivencia pacífica entre explotadores y explotados, entre burguesía y asalariados. Muchos progresistas piensan que son revolucionarios y anticapitalistas, pero en el fondo su existencia depende del capitalismo. Por lo mismo, aprueban y apoyan todas sus instituciones políticas. Están convencidos que mediante ellas pueden alcanzar sus objetivos transformadores. No comprenden que solo reciclan al sistema o a lo sumo crean espacios para que surjan fuerzas revolucionarias. Pepe Mujica expresó que con la victoria de Bolsonaro “Desgraciadamente los pueblos se equivocan”. Culpar al pueblo es muy bajo, vergonzoso y nada de revolucionario. Son los partidos y dirigentes los responsables, son ellos los que se equivocan, no los pueblos.

Desde la perspectiva de la economía, el progresismo es totalmente dependiente del capitalismo. Ello genera una confusión interna porque los progresistas están obligados a defender el capitalismo haciendo alianzas con los sectores empresariales. En muchos casos, asumen posiciones reaccionarias, porque pretenden realizar una regresión al capitalismo incipiente, a la pequeña producción.

Después de la oleada progresista, en la actualidad asistimos en la región, a un ciclo de gobiernos conservadores, ultraderechistas, con claros tintes fascistas. Con Luque en Colombia, Macri en Argentina, Piñera en Chile y ahora Bolsonaro de Brasil, se consolida un frente reaccionario contra las fuerzas progresistas y revolucionarias en América Latina.  La paradoja está en que, por las características del capitalismo moderno, por su mundialización producto del desarrollo tecnológico y de la socialización de la producción, no se vislumbra una salida dentro de los marcos del capitalismo. El proteccionismo como solución a la crisis solo fue posible en el pasado. Hoy significa guerra mundial. La mayor parte de las industrias de Estados Unidos están en China, por lo que la guerra comercial impulsada por Trump, implica librar una guerra contra el país donde está la fuente de su riqueza.

Sin temor a equivocarnos, podemos decir que la crisis del capitalismo no tiene salida ni por la izquierda ni por la derecha, ni con el progresismo ni con el fascismo. No son las deformaciones, defectos o errores del sistema capitalista los que se pueden corregir y los necesarios para resolver los problemas de los pueblos. Es el sistema capitalista en su esencia el que está caduco. Es el sistema mercantil moderno al que le ha llegado su fecha de vencimiento y para terminar con él se requiere de una revolución.

Enfrentamos una época de caos y confusión, y a esto le llamamos crisis revolucionaria. La crisis actual del capitalismo es terminal, pero no va a morir sin dar batalla. En el fragor de esta lucha las mayores víctimas serán nuestros pueblos.

El sistema agonizante trae en sus entrañas el germen de la nueva sociedad. La lucha por el fin de la discriminación de género, de razas, de edad y de cualquier tipo que implica una forma de dominación o explotación del ser humano por otro humano es el embrión de esa nueva sociedad. La educación gratuita y de calidad, salarios justos, acceso a la salud de calidad, viviendas dignas, salarios justos, pensiones dignas, acceso a la cultura, al deporte, al recreación y respeto por los derechos humanos son algunas características de esa nueva sociedad.

Toda política humanista, que tenga en cuenta los intereses de los trabajadores, de los pobres y de los pueblos, requiere ser revolucionaria. Tener como perspectiva una sociedad donde la producción de bienes materiales deje de ser una labor esclavizante y enajenadora, donde el ser humano sea libre para crear según su conciencia social, una sociedad donde desaparezca la necesidad de antagonismos sociales, causa real de todo tipo de discriminación. Una sociedad donde a nadie le falte lo necesario para vivir, donde todos tengan acceso a lo existente como producción social para desarrollarse a plenitud según sus capacidades. Una sociedad Comunista.

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