DE LA EMANCIPACIÓN FEMENINA

Lisa Aniuta

El compartir los problemas es un paso, pero es insuficiente, no basta con “contar tu problema y pedir ayuda”, como dicen en la tele. La organización social y la política es tu mejor arma mujer, y está a la vuelta de la esquina, es la herramienta más potente de la población. Asumamos de una vez que, al igual que los niños, somos víctimas en este sistema, y  que nada va a cambiar con lamentarnos. El capitalismo se alimenta de nuestros llantos y lamentos, y como no tenemos mucho que perder, de nosotras depende que nuestros niños puedan ser libres, alejados de la miseria de las balas y el narcotráfico.

DE LA EMANCIPACIÓN FEMENINA

Lisa Aniuta

En una sociedad capitalista, como la nuestra, la mujer es considerada un  objeto que puede ser apropiado. Mientras no eliminemos la propiedad privada, esencia del capitalismo, la mujer no se liberará de la opresión que vive.

El movimiento feminista, tan visible y masivo en este último tiempo,  no sólo en Chile, sino que en buena parte de occidente, es una señal de que el sistema político-económico que nos rige  se está agotando. Pero no hay que confundirse: el feminismo, por sí sólo, no conduce a un cambio de sistema, no conduce a la revolución. ¿Y entonces? Esto quiere decir que ocuparnos hoy de resolver los principales problemas que vive la mujer, dentro de un sistema obsoleto y miserable, no es una opción viable para la liberación de ésta. Veamos el ejemplo del Movimiento Estudiantil: cerca de 10 años luchando por eliminar el lucro en la educación, avanzando con mínimas reformas, para que en los primeros días del segundo mandato de Piñera, se legalice nuevamente el lucro en la educación. Algo similar ocurrió con la Ley de aborto (en tres causales), un pequeño avance que tomó años conquistar, para ser modificado a voluntad por el gobierno de turno.  Este tire y afloja, esta búsqueda de pequeños avances, el reformismo en definitiva, nos tendrá décadas en el mismo lugar, impedidos de conseguir  y construir una sociedad justa y libre.

La emancipación de la mujer sólo es posible en una sociedad libre, comunista. La lucha y necesidad de organización para conquistarla, en consecuencia, no es sólo de carácter social, no sólo sirve para visibilizar, sensibilizar  y atender  los problemas que sufrimos las mujeres, sino que es eminentemente política, es decir, tiene por fin erradicar el mal que permite, profundiza y se nutre de la opresión femenina, el capitalismo.

En la población se reúnen condiciones que favorecen la organización política y social de la mujer. Muchas mujeres trabajamos en casa  estando al cuidado de los niños, o familiares, a veces por gusto, pero la mayoría de las veces se debe a que  no tenemos otra opción, no hay con quién dejarlos. Además, realizamos las tareas domésticas a diario. Ambos trabajos generalmente no son remunerados, trabajamos todo el día y no tenemos sueldo. La casa es nuestro pequeño mundo del trabajo que nos oprime, y la calle, la conversación callejera y el compartir con amistades, nuestra vida pública y social que nos distrae. También están las mujeres que pueden salir a trabajar y poseen un sueldo, sin que esto las libere, pues son igualmente explotadas que sus pares masculinos, pero reciben menor paga, son castigadas

y abusadas  por ser mujeres y madres, además lidian con la organización del hogar. Para buena parte de las mujeres comienza la segunda jornada de trabajo una vez que llega a la casa, por eso se dice que son doblemente explotadas. Vivimos en una sociedad absolutamente masculinizada, pero ojo, esto no significa que los hombres sean el problema, no existe nada más absurdo que pensar que seremos libres en una sociedad donde existan sólo mujeres. Los hombres sufren casi lo mismo que nosotras, lo pasan muy mal también, su agresividad y violencia es culpa del sistema capitalista, no es parte de su biología, el que se sientan con el derecho de abusar de una mujer se debe a que sienten propiedad sobre la mujer y su cuerpo, y esto porque existe la propiedad privada, pilar fundamental del capitalismo.

La vida familiar en la población es mil veces más pública, menos intima que en las zonas más acomodadas, buena parte de la vida se hace en la calle, no es fácil ocultar los problemas, ni fingir que nada pasa con una sonrisa, pues los gritos y el maltrato, la violencia de la que es víctima la mujer,  es un asunto sabido por toda la cuadra, y se convierte en una escena natural, hasta habitual, sólo intervenida por vecinos cuando el maltratador “se excede”. El que la vida sea más pública en la población, sin embargo, no  significa que la mujer pierde su dignidad, o que deba sentir vergüenza de su realidad, por el contrario, le da la posibilidad de ver que su caso no está aislado, que su realidad es la misma o similar a la de la vecina, y a la de la otra vecina, y que su problema no puede resolverse de manera solitaria. El compartir los problemas es un paso, pero es insuficiente, no basta con “contar tu problema y pedir ayuda”, como dicen en la tele. La organización social y la política es tu mejor arma mujer, y está a la vuelta de la esquina, es la herramienta más potente de la población. Asumamos de una vez que, al igual que los niños, somos víctimas en este sistema, y  que nada va a cambiar con lamentarnos. El capitalismo se alimenta de nuestros llantos y lamentos, y como no tenemos mucho que perder, de nosotras depende que nuestros niños puedan ser libres, alejados de la miseria de las balas y el narcotráfico.

 

 

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