Aniversario balcánico

Rafael Poch

Mientras en el resto de Europa, los países ex comunistas se ponían en la cola de la Unión Europea y de la OTAN, incorporándose a los programas y discursos correspondientes, en Belgrado cambió poco la manera de entender la soberanía. A esos efectos, la Yugoslavia reducida de Milosevic continuaba siendo una especie de “país socialista” y, en ese sentido hay que entender las palabras del ex Ministro de Justicia y disidente estadounidense Ramsey Clark; “destruimos Yugoslavia sólo porque era la última isla de socialismo en Europa”. La terrible violencia de los Balcanes, y sus falsificaciones no se explican sólo por estos aspectos, pero es inexplicable sin mencionar ese contexto.

Aniversario balcánico

Rafael Poch (Tomado de Rebelión)

Nada puede hacerse ya por las decenas de miles de muertos de la guerra de Yugoslavia, pero pocas cosas hay más repugnantes para un periodista que la falsificación y el doble baremo en materia de información cuando se trata de crímenes tan horrendos. El procedimiento es viejo y conocido: se trata de ignorar unas masacres y enfatizar otras. Es así como la matanza de Srebrenica se convirtió, y sigue siendo recordada hoy, como “la peor matanza de seres humanos en Europa desde el fin de la II Guerra Mundial”. En realidad fue uno de los fraudes que jalonaron la guerra humanitaria, con la que Euro Atlántida apuntaló el nuevo orden continental.

La leyenda afirma que Srebrenica era poco menos que una pacifica localidad desmilitarizada y bajo control de la ONU en la que los serbios practicaron una masacre de 8.000 personas cuando la tomaron en julio de 1995. No hay duda de que en julio de 1995 hubo muchas muertes en la región de Srebrenica. El grueso de ellas se produjo cuando un gran contingente militar de musulmanes bosnios, civiles armados y familias abandonó la ciudad y fue atacado sin piedad en mortíferas emboscadas por las fuerzas serbio bosnias, que también practicaron ejecuciones.

Aquello se puso como ejemplo de “genocidio serbio” por la única razón de que en Occidente interesaba enfatizar la culpabilidad de los serbios, enemigos de Occidente en las guerras de los Balcanes. Por la misma razón otras dos masacres que tuvieron a los serbios como víctimas, una anterior a Srebrenica y otra posterior, se ningunearon y no las conmemoramos hoy como, “la peor matanza de seres humanos en Europa desde el fin de la II Guerra Mundial”.

Ignorar unas masacres, enfatizar otras

Entre principios de 1992 y 1995, antes de los llamados “hechos de Srebrenica”, decenas de pueblos serbios de la región de Srebrenica-Bratunac fueron destruidos por las milicias musulmanas bosnias. En toda la región 3.300 serbios fueron asesinados entre 1992 y 1995, de ellos sólo 880 soldados, el resto civiles, según la investigación de Milivoje Ivanisevic. Otro autor, Alexander Dorin, menciona en su libro (Srebrenica, Die Geschichte eines salonfähigen Rassismus, 2010) 41 pueblos y 1.300 serbios asesinados entre abril de 1992 y abril de 1993 en la zona de Srebrenica. El forense serbio Zoran Stankovic y su equipo encontraron más de mil cadáveres serbios en la misma zona antes de julio de 1995.

Durante toda aquella época la ciudad “desmilitarizada” era la base de operaciones de castigo musulmanas de la gente de Naser Oric, cuyos grupos realizaron aquel trabajo: masacres contra serbios en los alrededores desde la ciudad, y también ajustes de cuentas dentro de ella, como han explicado numerosas fuentes, entre ellas el propio alcalde musulmán de la ciudad, Ibran Mustafic, en un conocido libro (Planirani Haos), cuya publicación le valió ser objeto de un grave atentado en 2008. El general francés Philippe Morillon, jefe de las fuerzas de la ONU en Bosnia en 1992-1993, describe a Naser Oric como “un criminal de guerra que no tomaba prisioneros”. Su colega el general canadiense Lewis Mackenzie, jefe de las fuerzas de la ONU, dijo que “todo indica que Naser Oric mató a tantos serbios fuera de Srebrenica como los serbio bosnios mataron luego”. Los medios de comunicación prefirieron no hablar demasiado de estos hechos.

Tampoco se extendieron sobre otra masacre de serbios inmediatamente posterior a Srebrenica, la llamada “Operación tormenta” de los croatas contra la Krajna de agosto de 1995, que produjo una estampida de 200.000 refugiados serbios y seguramente más de 10.000 muertos civiles serbios.

Brazo judicial del Pentágono

En materia de Srebrenica, el Tribunal Criminal de la antigua Yugoslavia nunca se interesó por los testimonios de Stankovic, el musulmán Ibran Mustafic, el canadiense Mackenzie, ni por cualquier informe que se saliera del guión precocinado sobre los acontecimientos, un aspecto que el periodista búlgaro afincado en Holanda Germinal Civikov, ha investigado en su libro “Srebrenica. Der Kronzeuge“, 2009. En general ese tribunal se cebó en fechorías serbias porque no era un instrumento de justicia, sino un brazo judicial de la OTAN creado para justificar sus objetivos, uno de los cuales era, como dice Edward S. Herman “enfocar, demonizar, aislar y condenar a los serbios que eran el objetivo de la OTAN”.

Jürgen Elsäser (en, Kriegslügen, Der Nato-Angriff auf Jugoslawien, 2008), Alexander Dorin, Herman y otros, han apuntado que los líderes bosnios musulmanes ya gritaban “¡genocidio!” antes de que los serbios capturaran la ciudad. Había que agitar a la opinión pública para convertir los horrores de la guerra yugoslava, con claros anclajes en el pasado y con un menú de intereses occidentales muy claro, en una mera cuestión de desmanes, “genocidios” y “limpiezas étnicas” a manos de los serbios. La agitación alrededor de Srebrenica sirvió para eso.

Lo mismo ocurrió con la explosión en el mercado de Sarajevo del 28 de agosto de 1995, en vísperas de una cumbre de la OTAN que decidió los bombardeos contra los serbios. No quedó claro quien había desencadenado aquella explosión, si los serbios como afirmaron los medios de comunicación, los musulmanes, a los que apuntaron no pocos observadores occidentales en el lugar, o los servicios secretos de la OTAN, como afirmaban en Moscú fuentes de la inteligencia militar rusa, pero después de aquel “genocidio” y de aquella masacre, hasta los verdes alemanes dijeron que había que mandar al ejército alemán a Yugoslavia, “para evitar otro Auschwitz”….

La manipulación se repitió con la campaña de Kosovo. Serbia, que incluso con Yugoslavia disuelta era la nación mas plurinacional de la antigua federación, tenía como programa la “limpieza étnica”, se decía. El famoso discurso de Milósevic en Kosovo Polje, de 28 de junio de 1989, fue presentado, una y otra vez, como ejemplo de discurso exclusivista serbio, por una legión de periodistas incompetentes que ni siquiera se tomaron la molestia de leerlo (Ver, en: http://www.hirhome.com/yugo/bbc_milosevic.htm). Fue en Kosovo donde los medios de comunicación europeos demostraron una capacidad de seguir la música guerrera que se les marcaba, con una perfección que muchos creían hasta entonces exclusiva de Estados Unidos.

“Durante los 79 días del bombardeo de la OTAN contra Yugoslavia, no puedo recordar más de cinco o seis preguntas de periodistas que, incluso remotamente, pusieran en cuestión las tonterías lanzadas por Jamie Shea (el portavoz de la OTAN), George Robertson y, todavía más, por Javier Solana”, escribía el malogrado Edward Said (en Al-Ahram Weekly, 24-30 de junio de 1999). Se habló de 500.000 albaneses masacrados. Se han contabilizado entre cinco mil y siete mil, entre muertos y desaparecidos, todos los bandos juntos e incluidas víctimas de bombas de la OTAN, sin que ningún medio ni institución se haya disculpado. Para verano de 1999, a las pocas semanas de la ocupación de Kosovo por la OTAN, 230.000 serbios, montenegrinos, gitanos y albaneses “colaboracionistas” fueron expulsados de Kosovo mientras en la región había 46.000 soldados de la OTAN, es decir uno por cada cuatro expulsados.

La OTAN en paro

En la Europa de principios de los noventa había dos problemas “estratégicos”: qué hacer con los espacios que la retirada de la Unión Soviética dejaba en el continente, y qué hacer con la OTAN, el instrumento de la sumisión de Europa a Estados Unidos en materia de seguridad. Desaparecido el “comunismo”, la OTAN se había quedado sin justificación. La violencia en los Balcanes fue la solución ideal.

Tras su reunificación de 1990 y la desaparición de la URSS, Alemania había decidido que sus intereses en Europa pasaban por promocionar la secesión de Eslovenia y Croacia. La última vez que Berlín había enviado allá a su ejército, los nazis fueron apoyados por los musulmanes bosnios y los católicos croatas, que mataron a un millón de serbios en un holocausto balcánico. Estaba claro que en cualquier escenario de ruptura de Yugoslavia, era una locura pedir a las minorías serbias de Croacia y Bosnia que perdieran la memoria y aceptaran ser gobernadas por sus antiguos opresores pronazis croatas y musulmanes, pero Alemania, Estados Unidos e Inglaterra apostaron precisamente por ello.

La Unión Europea debía continuar vinculada a Estados Unidos, decía por aquel entonces el estratega de Washington Zbigniew Brzezinski, y posponer lo máximo posible su inevitable emergencia como “duro competidor económico-tecnológico” de Estados Unidos capaz de formular unos “intereses geopolíticos en Oriente Medio y en otras regiones del mundo que podrían divergir de manera significativa de los de Estados Unidos”.

“La participación de Estados Unidos en operaciones de mantenimiento de la paz de la OTAN” en la ex Yugoslavia (“la única región europea en la que ni la paz ni la estabilidad están garantizadas”), es necesaria para mantener el liderazgo de Washington en la Alianza Atlántica”, explicaba Ivo H. Daalder, coordinador de la política para Bosnia y miembro del Consejo de Seguridad Nacional de la primera administración Clinton.

A los países ex socialistas del Este de Europa, el ingreso en la OTAN se les ofreció como una especie de sala de espera al ingreso en la Unión Europea. Además, con los espectáculos de su régimen político “defendiendo la democracia” disparando con tanques al parlamento, su privatización facinerosa y su guerra chechena, Rusia se encargaba de dar a esos países sobrados argumentos para buscar refugio. Sumadas a la amarga experiencia del dominio soviético del medio siglo anterior, esas imágenes abonaban miedos tan antiguos como razonables, de tal forma que no hizo falta mucha capacidad de convicción para que los países del Este corrieran a ocupar su puesto en la cola de ingreso en la OTAN.

Serbia como anomalía continental

La violencia en los Balcanes tenía diversas fuentes y motivos, pero en una de ellas, en la Serbia de Slobodan Milosevic, se daban varias “anomalías” que convertían a ese país en el candidato idóneo para designarlo como el único origen de todos los males.

Como en otros países del Este de Europa, el régimen yugoslavo había nacido de la derrota nazi de 1945, pero, a diferencia de aquellos su victoria en la guerra debía poco a liberadores extranjeros y había sido, fundamentalmente, un asunto “nacional”. Para defender su soberanía nacional, los yugoslavos tuvieron que enfrentarse en la posguerra a los rusos, quienes llegaron a ser más enemigos de Belgrado que las potencias occidentales.

Otra diferencia era que si para los ciudadanos de otros países de Europa central/oriental el periodo entre las dos guerras mundiales había sido la “época buena”, en Yugoslavia, los buenos tiempos se asociaban con la época de Tito, tanto desde el punto de vista nacional (el orgullo de una sociedad que se reconstruyó y modernizó autónomamente) como material, porque casi todos vivían mejor que en el pasado. Mientras Europa del Este era en los sesenta y setenta una región de “satélites” de la URSS, Yugoslavia era uno de los líderes del movimiento de países no alineados, inventaba sus propias recetas socioeconómicas, etc., etc.

Hay que pensar en todo eso para comprender que muy poco de lo que pasó en Europa del Este con el fin de la tutela soviética, tuvo una traducción al serbio. En Serbia -como en Rusia- no hubo quiebras políticas ni caídas de régimen como las de Europa del Este. Serbia siguió reclamando el título y los símbolos de aquella Yugoslavia titista y sus líderes ganaban elecciones presentándose al mismo tiempo como nacionalistas serbios y herederos de la nostalgia socializante titista. Muerto el “comunismo”, la tradición nacional se encargó de mantener en Belgrado un sistema anómalo desde el punto de vista de la nueva disciplina europea.

Mientras en el resto de Europa, los países ex comunistas se ponían en la cola de la Unión Europea y de la OTAN, incorporándose a los programas y discursos correspondientes, en Belgrado cambió poco la manera de entender la soberanía. A esos efectos, la Yugoslavia reducida de Milosevic continuaba siendo una especie de “país socialista” y, en ese sentido hay que entender las palabras del ex Ministro de Justicia y disidente estadounidense Ramsey Clark; “destruimos Yugoslavia sólo porque era la última isla de socialismo en Europa”. La terrible violencia de los Balcanes, y sus falsificaciones no se explican sólo por estos aspectos, pero es inexplicable sin mencionar ese contexto.

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